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¿Es inocuo aprobar una ley de “matrimonios” homosexuales? La experiencia de Canadá (y II)

19 de noviembre de 2012

Bradley Miller nos ilustra con otros tantos ejemplos, los efectos del reconocimiento legal del “matrimonio” homosexual:

“Pero el coste económico de la lucha contra la máquina de los derechos humanos sigue siendo enorme (…). Una persona corriente con pocos recursos que ha atraído la atención de una comisión de derechos humanos no tiene ninguna esperanza de apelar a los tribunales buscando protección; tan sólo puede aceptar la advertencia de la comisión, pagar una multa (relativamente pequeña), y luego obedecer la instrucción de permanecer para siempre en silencio. Mientras estas herramientas estén a disposición de las citadas comisiones -para quienes la nueva ortodoxia no da ninguna base teórica para tolerar a los disidentes-, participar en un debate público sobre el matrimonio homosexual puede llevar a la ruina.

Una presión similares pueden ser -y es de hecho- ejercida sobre los disidentes por parte de los órganos de gobierno de ciertas profesiones (como los colegios de abogados, de profesores, y similares) que tienen facultades legales para sancionar a sus miembros por conductas impropias de la profesión. Las expresiones de desacuerdo con el carácter razonable de la institucionalización de los matrimonios homosexuales son interpretadas por estos organismos como actos de discriminación ilegal, que conllevan censura profesional.

Los profesores se arriesgan particularmente a sufrir una acción disciplinaria, incluso aunque hagan declaraciones públicas fuera de las aulas criticando el matrimonio homosexual, y aún se considera que crean un ambiente hostil para los estudiantes gays y lesbianas. Otros lugares de trabajo y asociaciones voluntarias han adoptado políticas similares, como consecuencia de que han interiorizado esta nueva ortodoxia según la cual el desacuerdo con el matrimonio homosexual es una discriminación ilegal que no debe ser tolerada.”

Especialmente importante ha sido el menoscabo de los derechos educativos de los padres. Se ha introducido en el currículo la igualdad entre el matrimonio homosexual y el matrimonio natural hasta el punto de que en la Columbia Británica los padres no pueden oponerse a ello. Las referencias positivas al “matrimonio” homosexual se multiplican en todas las materias, y la única defensa que tienen los padres es simplemente retirar por completo a su hijo del sistema estatal de educación. Los tribunales son reacios a reconocer los derechos de los padres frente a tal ideología y los niños se ven así sometidos a un mensaje contradictorio, en casa y en la escuela. Curiosamente, la legislación tenía entre otras motivaciones, evitar el acoso y la aceptación de los niños y jóvenes homosexuales, pero nos encontramos con que ahora son otros los niños y jóvenes acosados. Los padres no pueden ya educar a sus hijos en un concepto del matrimonio que les permita madurar como adultos. Por el contrario, los niños aprenden que el matrimonio se basa en la satisfacción de los deseos cambiantes de compañía del adulto.

En cuanto el derecho de las instituciones religiosas a su propia autonomía, el reconocimiento de que cabe negarse a celebrar “matrimonios” homosexuales en los lugares de culto o por parte de sacerdotes es una versión reducida de la inmunidad de coacción que supone la libertad religiosa. Sin embargo, no están exentos los religiosos de padecer la persecución cuando en sus sermones o en sus declaraciones se manifiestan en contra del “matrimonio” homosexual. Tampoco se exime a las instituciones religiosas que ofrezcan ciertos servicios (por ejemplo, de hostales) de negarse a proporcionarlos a parejas homosexuales. Puede ser causa suficiente, igualmente, para que las autoridades locales, regionales o estatales, nieguen financiación a entidades religiosas exclusivamente por su punto de vista sobre el matrimonio. Por ejemplo, la ley 13 de Ontario, que exige a las escuelas católicas acoger a la “Alianza Gay-Hetero” (y usar tal nombre), prohíbe acoger a las organizaciones cuyo código de conducta contraría la nueva ortodoxia.

Abandonado el concepto de matrimonio entre varón y mujer, se abre la puerta a una comprensión lata del matrimonio, que podría acoger, por ejemplo, la poligamia o poliandria. La comunidad polígama de la Columbia Británica se mostró feliz por la aprobación del “matrimonio” homosexual, que a su entender abría la puerta a sus reivindicaciones.

El “matrimonio” homosexual es enormemente minoritario en Canadá: 21.000, frente a 6,29 millones de matrimonios naturales. Incluso, sumando las parejas homosexuales, casadas o no, el número sigue siendo irrisorio: 0,8% de todas las parejas de Canadá (64.575). Como ocurre en otros países, Canadá nunca ha publicado las estadísticas de divorcios homosexuales.

El “matrimonio” homosexual no ayuda a la institución del matrimonio, y a los hijos nacidos en él, sino más bien todo lo contrario, y una política pública responsable que busque el bienestar de los hijos, así como reforzar el entorno familiar que los acoge, solamente tiene una única opción: reservar el concepto legal de matrimonio a la unión permanente y exclusiva entre varón y mujer.

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