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Ningún Tribunal puede cambiar la realidad del matrimonio

10 de noviembre de 2012

La reciente sentencia del Tribunal Constitucional español que decide que la ley de 2005 impulsada por el gobierno del socialista Zapatero, sobre el mal llamado “matrimonio homosexual” es conforme a la Constitución no cierra en absoluto el debate social y legal sobre la cuestión. De hecho, lo que se deriva de su decisión es que también sería igualmente constitucional el mantenimiento del matrimonio para las personas de sexo distinto. Por ello, es imperativo volver a la realidad natural del matrimonio y deshacer el disparatado artificio de llamar matrimonio a una unión homosexual,

Pero este no es el único aspecto que merece ser comentado sobre tal decisión, que evidencia la falta de criterio jurídico de un Tribunal que ha protagonizado en numerosas ocasiones bochornosos episodios de dependencia ideológica y arbitrariedad jurídica, que manchan el buen nombre del Derecho y de la Justicia. No en vano, años atrás se llegó a proponer su completa desaparición: fue la nada despreciable opinión de un famoso jurista y catedrático de Derecho Constitucional, escandalizado, como tantos juristas lo estamos, de la arbitrariedad elevado a rango constitucional. Hoy de nuevo, otras tantas voces proponen su reducción a una sala especial del Tribunal Supremo.

Que el matrimonio sea la unión permanente de varón y mujer no es una mera creencia o convicción que está al mismo nivel de protección y merece el mismo respeto que quienes creen que cabe atribuir el nombre de matrimonio a cualquier unión, incluidas las de personas del mismo sexo. El lenguaje no es un mero artificio que puede caprichosamente alterarse, sino que apunta a la realidad de las cosas, y en este caso, a una profunda realidad antropológica que se encuentra detrás del matrimonio: la condición sexuada como dimensión natural y esencial de la persona y su sustancial socialidad, manifestada primariamente en el encuentro entre varón y mujer en orden a crear una familia, célula básica de la sociedad. El matrimonio es una realidad natural, no una creación cultural.

Estamos asistiendo a la decadencia de una cultura, que si no vuelve a sus raíces morales, será barrida por la mano de la Historia porque su propuesta vital, social y ética es del todo insostenible. La realidad del hombre, sus exigencias y la ley natural son simplemente insoslayables: si se hace caso omiso de las mismas, las consecuencias son inexorables. El siglo XX ha sido testigo de los resultados derivados de sustituir la exigencias naturales de la dignidad humana por la ideología. Aunque nuestra realidad presente sea incruenta, la violencia moral sobre la persona y la sociedad no deja de ser igualmente totalitaria.

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